"El hombre por naturaleza es embustero"
Jean de La Bruyère.
Nunca pensé que fuera cierto, pero la vida está llena de sorpresas, de sucesos que siempre nos dejan perplejos y en total desconcierto.
Recibí una carta de la Embajada Francesa para presentarme en calidad de urgente. Me informaron que tuve un hermano gemelo. Al nacer, por negligencia del hospital, mi par desapareció de México.
De manera inexplicable llegó a Francia, y ahí vivió su breve vida. Aquí un breve resumen de lo que me informaron en la embajada.
Su nombre era Charles. Su apellido se lo reservaron, a petición de sus tutores, por el temor a represalias legales.
Charles era de semblante taciturno, de una inteligencia prematura, fue el azote de los profesores de un colegio Jesuita, donde estudió sus primeros años. Con su dialéctica pagana, fue sembrando el terror intelectual, con su elocuencia vivaz, brutal y procaz, era capaz de disertar sobre las más altas cuestiones metafísicas, para retorcerlas en el fango del materialismo, destruyendo cualquier argumento, por sólido que fuera.
Por sorprendente que parezca, tenía gran fijación por el catolicismo, y su erudición sobre la vida de Carlomagno, hacía balbucear a los más doctos. También era un gran admirador del matarreyes Ravaillac, el que asesinó a Enrique IV de Francia. Posiblemente por su tendencia religiosa.
Su padre adoptivo proyectaba un gran futuro para Charles, desde temprana edad, se vislumbraba en él un genio poco común, como esas gemas que rara vez se encuentran. Su tutor ya estaba en pláticas con las mejores universidades de Europa, pero Charles sólo deseaba entrar en una mazmorra medieval, y se ahorcó en su cuarto a los 16 años. Me dicen que unos días antes, tuvo momentos de curiosidad en la vida, cuando tuvo conocimiento de mi existencia. Por ello, decidió mandarme sus escritos, entre ellos un poemario en forma de prosa, de contenido tan infame, que me recordó mucho al famoso Conde de Lautréamont.
Su tutor consiguió que lo enterraran al lado de François-René de Chateaubriand; a petición de un órgano universitario de la región, sus restos fueron colocados al lado del famoso escritor francés, pionero del Romanticismo.
Aquí reproduzco su último escrito.
Seguí la grieta en el devenir del ocaso, que corría perpendicular al hastío. Una sombra guiaba mi camino, con mano trémula pero decidida.
Las violentas olas reclamaban su reino, y yo, al pie del acantilado, como un patíbulo natural, vi cómo se acercaba Chateaubriand, con sus ojos de sabio, su cabello saludando al leve rocío de Saint-Malo.
El aire era salino, agrio y antiguo, y yo, respirando con dificultad, recordando los truenos de Normandía, el sueño azul de los bretones, un sueño medieval, invité a mi compañero al tren de Montparnasse, saludaríamos a las hermosas chicas del lugar, y me contaría sus correrías en un café de La Rue de Rennes, o tal vez en La Rue de Rivoli, aunque sé que no le agradaría mucho ésta última, !Oh noble caballero, que ni a Napoléon te doblegaste!, ¿qué quieres hacer? tal vez quieras echar un vistazo a La Rue de Rome, a sus nobles edificios. ¿O es que estás harto del mundo otra vez?
Fuimos hasta el puente Caulaincourt, a platicar con los difuntos del cementerio, saludando a sus pares, artistas como él, comimos ostras en algún lugar que no recuerdo, los aliños y el vino parecieron ponerle de buen ánimo, nos despedimos en Pont Neuf; andando unos minutos, me volví, para despedirme de nuevo, y su figura me recordó el famoso retrato de Girodet de Roussy-Trioson.
Yo seguí mi camino, regresé a Saint-Malo, la brisa celando los sueños de Céline. Y así, poco a poco fui hacia Aqueronte, las coordenadas de mi espíritu me llevaron a las cuevas del...
Sumido en la natural melancolía del lugar, los consejos bretones de los muertos, invitaban a sumergirme en el océano, centro de disputa de romanos contra bárbaros. Vi las piras, las osamentas, los ojos de los héroes que forjaron el corazón de Saint-Malo. Lo que primero fue un murmullo, pronto se transformó en música de lamento, la voz de Jacques Brel, pagando por mis pecados y los del mundo, en tonos menores, sus abruptas sentencias, y yo, mirando al sepulturero, riéndose de mí, señalando mi futuro lecho de muerte; un leve relámpago apagó mi azoramiento, salí corriendo hacia el muelle, me vi entre monumentos marinos, todo era azul brumoso, lánguido; y yo, como si despertase de un sueño prematuro, me aseguré de mi existencia, por medio del tacto.
Todo estaba bien, o eso parecía, la arena era áspera, autóctona, como si fueran miles de arañas rozando mi piel.
Al fondo vislumbré un galeón, sus contornos se confundían con el azul del cielo, a veces verde, y a veces amarillento, parco, no se distinguía si era una embarcación, o un producto de mi imaginación, pero tú que estás leyendo, ¿no eres producto de mi imaginación?
Un viejo local, con aires de aristócrata en decadencia me pregunta en tono altivo, si ya me retiro o si pienso perder mi tiempo en este inhóspito lugar. Yo, que aún no salía de mi azoramiento sólo balbucí: no sé.
La pequeñas fortalezas, que alguna vez fueron símbolo de seguridad de Saint-Malo parecían frágiles, el aire marino, frugal y arcaico, ora agresivo, tenía algo de espeluznante, como si los muertos tuvieran mucho más peso que los vivos, como si la civilización, fuera un castillo de naipes, parecía tan frágil, tan débil; y yo, sin esperanza de ningún tipo, seguí caminando, hacia donde el destino me llevara.
Los funcionarios de la embajada me cuentan que Charles era un tipo avinagrado, decidido, a veces taciturno, a veces con tendencia a la ira, pero con un brío artístico y filosófico sorprendente. Al final, decidimos ponernos de acuerdo para la publicación póstuma de sus escritos, que según me dijeron, son de tal importancia histórica y literaria, que la obra será financiada por importantes fundaciones culturales del Estado francés. Como curiosidad, me contaron que cuando su tutor lo encontró colgado, en el tocadiscos sonaba "Le Moribond" de Jacques Brel, de quien era un gran admirador, algo raro para alguien de su edad.
